En los últimos años y gracias a la introducción de técnicas de observación más modernas, se ha descubierto que el niño empieza a desarrollar sus órganos sensoriales desde los primeros meses del embarazo. En el vientre se puede percibir un sin numero de sensaciones, rico en sonidos, vibraciones emocionales transmitidas por la mamá , olores, sabores y, en menor medida, estímulos luminosos. Todo esto activa y da forma al sistema nervioso central del bebé y le permite experimentar e imaginar sensaciones indispensable para establecer una simbiosis, no solo física sino también mental, con su mamá.
EL TACTO.
En el vientre. Gracias a los modernos sistemas de observación como el ultrasonido en tres y cuatro dimensiones, se ha descubierto que la sensibilidad aparece primero en la zona facial y genital, alrededor de las diez semanas. A las once semanas se extiende a las palmas de las manos y a las doce a las plantas de los pies. Alrededor de la semana 32, el cuerpo entero es capaz de reaccionar a un contacto: si durante una amniocentesis, la aguja roza al pequeño este se aparta al instante. El tacto es muy importante para el desarrollo psíquico del niño y es el vehículo más inmediato para intercambiar emociones. Cuando alguien nos apoya una mano en el brazo, advertimos rápidamente lo que pretende transmitirnos: afecto, miedo, rabia, etc. Lo mismo sucede durante el embarazo.
Si mamá o papá pasan los dedos sobre el vientre, envían una serie de vibraciones a través del líquido amniótico. Esto es bueno recordarlo, porque los pequeños actos de amor, como “acariciarlo”, aunque sea a distancia, se traducen en un mensaje que contribuirá al futuro equilibrio psicológico y afectivo del bebé.
Al nacer. El tacto es fundamental para reforzar la relación prenatal con la mamá. Entres sus brazos, el bebe se percibe a si mismo y reconoce el cuerpo de su mamá, lo cual le aporta tranquilidad. La presencia de “paredes” que lo protegen del mundo, el calor vital de la piel materna y los movimientos rítmicos al acunarlo favorecen una sensación de volver a la calma y seguridad que existía en el vientre materno.
En el primer año de vida. El niño explora el mundo con su piel. Inicialmente, utiliza los labios y la lengua, extremadamente sensibles y se lleva los objetos a la boca. Un poco más tarde, llega el turno de las manos. El niño necesita profundizar en la relación con su madre, y los masajes y caricias constituyen un “alimento” y un “analgésico”.
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